Febrero 16, 2003 - Lo textual Tiempo aprox. de lectura 3 min.
El día antes
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FRENTE A LA GUERRA
La programación casi televisiva de hitos planetarios --de la que encontramos un ejemplo en la guerra nuclear que se anuncia "inevitable" para marzo--, tornó posible planificar las propias circunstancias personales frente a ellos. Reflejo de la interactividad mediática, el fin de semana pasado entró en escena mundial un público que, sin embargo, va más allá y se propone modificar la grilla.
Es bastante común recordar las circunstancias en las que cada uno de nosotros se encontraba cuando acontecieron hechos de gran impacto mundial. "Cuando mataron a Kennedy"; "durante la crisis de misiles"; "en la guerra de los cien días"; "la mañana del golpe de Videla"; "cuando cayó el muro"; "el día que explotó el Challenger"; "el 11 de setiembre de 2001"... La cantidad de referencias para la autobiografía será tan variada según sean nuestras edades y lo atentos que hubiéramos estado. El eje, sin embargo, es la imprevisibilidad de la efeméride y ello se verifica en el hecho de que tales relatos vendrían a responder a la pregunta: "qué estaba usted haciendo cuando ocurrió (tal cosa) ?"
Lo novedoso de esta época, de guerras calendarizadas y enemigos invisibles, es que ahora uno puede decidir dónde y haciendo qué estará cuando se inicie la próxima reacción en cadena. Y eso, exactamente, fue lo que aconteció este fin de semana: en los momentos previos a "lo inevitable" (que ahora tendrá que verse cuán inevitable en realidad es), millones de personas decidieron estar en un mismo lugar, poniéndole el cuerpo a una misma idea: no son necesarias más guerras.
Considerada una marcha mundial de proporciones inéditas (la más importante desde la Segunda Guerra Mundial, afirman algunos), la del sábado es una prueba contundente de que son muchos los que están dispuestos a hacer "algo". Incluso entre los propios norteamericanos (no estaría mal ahora agilizar un impeachment, no?).
Aquí, en São Paulo, fueron unas 30.000 personas las que, encolumnadas por la paz, cantaron, danzaron, se indignaron, rieron, se abrazaron, se fundieron, se emocionaron, en fin, se reconocieron. Fue una verdadera fiesta de la diversidad, desde donde se observase.
La "passeata" (como llaman aquí a las marchas) comenzó a las 16:00 en la famosa avenida Paulista, frente al Museo de Arte de São Paulo y culminó, tres kilómetros y medio y cuatro horas después, en el parque Ibirapuera, un área verde de 1,6 millón de metros cuadrados frente al que se emplazan la Asamblea Legislativa del Estado y monumentos de la épica brasilera.
Como una conjunción urbana de Torre de Babel y Arca de Noé, en la marcha pudo verse a irakíes, norteamericanos, mulatos, universitarios, negros, sin tierra, empresarios, monjas, desempleados, ingleses, alternativos, japoneses, ecologistas, punks, palestinos, gays, actores, algún político, kurdos, mujeres, hombres, niños, ancianos, indios, trabajadores, lesbianas, músicos, judíos, amarillos, adultos, blancos, poetas, jóvenes, anarquistas, mestizos. Todo así, mixturado. Como Brasil mismo, un holograma humano .
En el resto del mundo hubo manifestaciones similares y se estima que fueron alrededor de seis millones de personas las que participaron. Uno de cada mil habitantes del planeta, algo para no desdeñar.
Si bien Bush y Blair fueron los destinatarios de la demostración, el mensaje también es para Hussein y para todo y cualquier otro gobernante. Si el poder del imperio es mundial, también mundial será el apoyo o la reacción.
Así y todo, es bien probable que, más tarde o más temprano, vuelvan a crearse condiciones para el uso de armas atómicas. Si derrubar las torres imprimió cierta legitimidad a las acciones en Afganistán, es sólo cuestión de esperar. Hay sicarios de toda índole y a la orden del día (¿será que Bin Laden dejó de trabajar para la CIA?).
Mientras, el foco podrá ser puesto en cualquier parte (y que no llame la atención que en lo inmediato sea América Latina). Pero sea donde sea, como quedó demostrado el fin de semana, allí habrá alguien que haya decidido no esperar lo "inevitable" acontecer para luego contar cómo fue "sorprendido"; habrá alguien que haya decidido dónde estar y qué hacer el momento antes; alguien lanzado a conquistar lo imposible; alguien que --hoy más que nunca-- reconozca en los sueños propios la posibilidad de realizar los de otros millones de semejantes; alguien, en fin --y sobre todo--, con el poder suficiente no sólo para frenar el crimen en masa, cualquiera sea su ideología o justificación, sino también para poner en marcha los más elevados deseos hasta hoy postergados.
El fin de semana nació un gigante y algunos todavía pueden decir que estaban mirando otro canal. Pero ahora que sabemos lo que acontece, está en todos y cada uno de nosotros la responsabilidad de lo que viene. Como afirmaba aquel antiguo graffitti en Nanterre: "No puede volver a dormir tranquilo aquel que una vez abrió los ojos".
Despertemos, pues. El sueño comenzó.
Carlos Turdera
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